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Jul 07, 2015 | Alex Montes-Vela

El amor incondicional de Dios

Cuando fui ordenado sacerdote episcopal, la comunidad en la que estaba sirviendo, St. Paul’s Episcopal Church en Waco, Texas, me regaló un hermoso juego de comunión portátil. El pequeño cáliz, la patena, el hostiario y vinajera de vidrio venían en una brillosa caja de caoba. Puse la caja en un lugar visible en mi oficina, donde pudiera admirarla y quitarle el polvo a menudo, para que siempre estuviera como el día en que la recibí. Cuando iba a visitar a los que estaban enfermos o en un hogar de ancianos, llevaba la caja con orgullo, teniendo cuidado de no rayarla. Cuando regresaba a mi oficina, la volvía a poner en su lugar especial, le quitaba el polvo, la lustraba y después me sentaba a admirarla. 

 

Años después me desempeñaba como sacerdote interino en la Iglesia Episcopal San Francisco de Asís en Austin, Texas, que se encontraba a unas treinta millas al sur de Manor (pronunciado “máinor”), la ciudad donde había sido enviado a plantar una iglesia. En San Francisco de Asís oficié muchas bodas, bautizos y quinceañeras. Un viernes por la tarde, una mujer vino a la oficina de la iglesia y frenéticamente me preguntó si podía oficiar la quinceañera de su hija el sábado (¡el día siguiente!) en su casa situada en un pueblo al sur de Austin (¡aún más lejos que Manor!). Ella quería que su hija recibiera una bendición especial en su día especial. Ya tenía una boda y otra quinceañera programadas para ese sábado, pero a pesar de mis argumentos la señora insistió. Así que asentí irritadamente, pero sin que me faltara mi sonrisa sacerdotal. 

 

Ese sábado por la mañana decidí que la manera más fácil de llevar la Comunión a la quinceañera era empleando mi juego de comunión portátil. Así que lo cogí de ese lugar especial en la oficina de mi casa donde se veía tan brilloso como el día en que lo recibí. 

 

Mientras caminaba de mi carro a la oficina de la Iglesia Episcopal San Francisco de Asís, con mi Libro de Oración Común bajo el brazo y mis vestiduras sacerdotales bajo el otro, sentí que mi juego de comunión portátil se me deslizaba de la mano. Todo parecía pasar como en cámara lenta y vi la caja de caoba estrellarse contra la superficie del estacionamiento, las bisagras caer y salir volando el cáliz, la patena y la vinajera de vidrio. ¡No lo podía creer! Sorprendentemente, la vinajera de vidrio no se rompió y el cáliz y la patena no se rayaron mucho. Sin embargo, yo estaba abatido. Después de la boda y de la quinceañera en San Francisco de Asís ese sábado por la tarde, caminaba malhumorado hacia mi carro para ir a la casa de la señora para la otra quinceañera. Era un tórrido día de verano tejano y estaba sudando. “¡Más vale que aprecien todo lo que tuve que hacer para esta quinceañera!” mascullé. 

 

Al manejar por un laberíntico parque de casas rodantes en un lugar aislado, pude ver a la distancia unos globos de colores. Al acercarme vi sillas y una mesa preparadas para que sirvieran de altar. Algo me pasó en ese momento: se me partió el corazón. Pensé que iba llevando las mercancías, las cosas brillosas, las cosas santas, pero era esa familia la que me dio la bienvenida con las Buenas Nuevas de ese Dios que “amó tanto al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). Me di cuenta de que mi enojo por la rotura del juego de comunión portátil no tenía sentido. Me di cuenta de que tenía que romperse para que pudiera compartirlo, con sus contenidos brillosos, libremente. Me di cuenta de que hacía falta que se me partiera el corazón para poder compartir libremente las Buenas Nuevas y las cosas brillosas que tenemos como iglesia. 

 

¿Por qué cuento esta anécdota? Cuento esta anécdota porque es parte fundamental de la obra que estamos haciendo y de la cultura y la atmósfera que creamos en la Iglesia Episcopal St. Mary Magdalene en Manor, Texas (SMM). Entendemos que hemos sido llamados a compartir esas cosas "brillosas" con todos, a compartir con todos lo que hemos recibido de la generosidad incondicional de Dios. 

 

La mayoría de los que se reunieron en mi casa cuando empezamos SMM, a principios de 2010, no habían asistido regularmente – o nunca -- a un servicio religioso. Muchos de ellos habían tenido vidas difíciles. Nos reunimos en la sala de mi casa y la mesa de centro se convirtió en altar. A los niños les atraían los objetos brillosos en el "altar" y a menudo se acercaban a ellos para tocarlos y abrirlos. Los padres se asustaban, pero yo les decía que estaba bien. Me daba la oportunidad de enseñarles lo que eran esos objetos brillosos y de decirles que estaban libremente a su disposición, y que Dios es un Dios accesible y generoso. 

 

En agosto de 2010 este grupo de latinos/hispanos (con la excepción de mi esposa, Thi, que nació en Vietnam), en su mayoría de primera generación en Estados Unidos e incluso algunos indocumentados, estábamos preparando un espacio en la cafetería de la Escuela Secundaria de Manor para compartir las Buenas Nuevas que habíamos recibido de Dios con la comunidad local. Durante siete meses nos habíamos reunido en mi casa afinando nuestros oídos al sonido de un servicio religioso en el que la liturgia, la música y el sermón eran en inglés y en español. Muchos de los participantes no habían tenido nunca una experiencia de esa índole y se sentían incómodos. Sin embargo, la generosidad de Dios nos había quebrantado y sabíamos que teníamos que hacer ajustes a lo que estábamos acostumbrados, para hacer que las Buenas Nuevas y las cosas brillosas llegaran a más gente que sólo nosotros. 

 

Fue este mismo quebrantamiento que un par de años después inspiró a lo que se estaba convirtiendo en una comunidad diversa de SMM a que diariamente pusiera equipamiento, carpas, mesas y sillas en un parque local durante una semana para celebrar nuestra Escuela Bíblica de Vacaciones. Soportaron el agobiante calor tejano de fines de julio porque querían compartir lo que habían recibido: las Buenas Nuevas de la generosidad de Dios. Les recuerdo que estas eran personas que no habían asistido a la iglesia anteriormente. Incluso hoy en día, casi el 88% de los que pasaron a formar parte de la comunidad de SMM no habían asistido a una iglesia anteriormente o habían dejado de asistir a ella hacía años. 

 

Fue interesante que cuando nos mudamos a nuestro nuevo campus y nuevos edificios a mediados de diciembre del 2014, después de habernos reunido en la cafetería de la Escuela Secundaria Manor por cuatro años y medio, los que en el pasado habían sido parte de una iglesia se pusieron sus sombreros de “piadosos", algo que no se habían puesto cuando nos reuníamos en la escuela. Parecía que el ambiente y la cultura que habíamos establecido en la escuela no coincidían con nuestro "nuevo" medio. Pedían cambios tales como nuevos requisitos de vestimenta y cambios en el horario de nuestros servicios religiosos, para que pudiéramos ser más correctos, más complacientes. Esto me dio la oportunidad de recordar a toda la feligresía que SMM había sido plantada por personas que no asistían a servicios religiosos y que anteriormente no habían sido parte de una comunidad de fe, y que en el pasado no sólo se habían sentido juzgados e inoportunos en la iglesia, sino que además que les habían hecho sentir que no eran lo suficientemente buenos como para tener acceso a las cosas "brillosas". Además, les dije que era importante recordar que lo que nos acerca a Dios es nuestro quebrantamiento colectivo, no lo que tenemos puesto cuando nos reunimos o hacer lo que es “debido”. 

 

Ahora tenemos más cosas "brillosas" (un hermoso edificio de iglesia, oficinas y aulas sobre una colina en un solar de 23 acres) que recibimos de un Dios generoso y tenemos la oportunidad de compartir todo ello con todos y de anunciar, tal como María Magdalena anunció a los discípulos de Jesús, "¡He visto al Señor!" (S. Juan 20:18). 

 

Alex Montes-Vela es el pastor fundador de una comunidad multiétnica y bilingüe, St. Mary Magdalene Episcopal Church en Manor, Texas (un suburbio al noreste de Austin), que comenzó en su casa. Después de reunirse en la cafetería de la Escuela Secundaria Manor por cuatro años y medio, St. Mary Magdalene se mudó recientemente a su propio campus con feligreses que en su mayoría no habían sido parte de una comunidad de fe en el pasado). Alex está casado con Thi y tienen tres hijos: Thanh (director de banda en una escuela secundaria), Alissa (una maestra de matemáticas de escuela secundaria) y Laurita (estudiante de tercer año en la Universidad de Texas).

 

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