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Jun 08, 2015 | Lucy Cabrera Montes

Ven tal y como eres

 

Creo que todos tenemos un don que tenemos que descubrir por nosotros mismos. Cuando llegué a la Iglesia Episcopal San Mateo en Houston conocí gente que me ayudó a hacerlo.

 

Comenzamos a ir a la iglesia por invitación de mi tía Carmen Luz, que nos invitaba cuantas veces podía. Era una de esas invitaciones a las que no puedes decir que no porque sabes que son muy importantes para los que te invitan. En ese entonces tenía alrededor de 13 años y no me gustaba mucho la iglesia, pero estaba buscando un lugar para juntarme con mis amigos. Mis padres nos obligaban a ir a la iglesia los domingos y me dormía durante todo el servicio. Comencé a ir los miércoles porque algunos de mis amigos asistían. Durante ese tiempo murió uno de mis primos más cercanos y recuerdo que preguntaba, “¿Por qué?” aunque no sé a quién le dirigía la pregunta, porque realmente no creía que alguien pudiera responderla. Mi mami me decía, “Ora, habla con Dios, que él conoce tus necesidades”.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que me estaba perdiendo algo especial.

 

Mi familia de la Iglesia oraba por mí, me llamaba cuando faltaba y se preocupaba por toda mi familia. Creo que todos anhelamos poder relacionarnos con alguien. Todos tenemos una batalla que estamos peleando. La Iglesia nos muestra que Dios es el Dios para todos sin importar en qué parte de tu batalla estés. Las relaciones son fundamentales para hacer el trabajo de Dios.

 

Recuerdo que mi primer ministerio en la Iglesia fue sirviendo de acólita y que rápidamente noté un grupo de jóvenes al cual podía pertenecer. No recuerdo bien cómo me involucré, pero sé que fue una bendición y un llamado. Me incorporé a un grupo de más de 100 jóvenes. Pasaron algunos años y nuestro director espiritual, el Rvdo. Alex Montes-Vela, fue llamado al sacerdocio y después de varios meses pasé a ser líder del grupo de jóvenes. El reto más grande para mí fue conmigo misma, porque durante ese cambio observé que el grupo iba disminuyendo y que estábamos sin nuestro líder. La batalla conmigo misma era con mis pensamientos: qué no estábamos haciendo o qué hacíamos mal para que los jóvenes no llegaran. Busqué ayuda y muchos oraron por mí y me ayudaron en el ministerio. Siempre tenía apoyo de una fuente u otra. Hablé con mi sacerdote y vi que mi llamado seguía siendo el ministerio de jóvenes, pero que también tenía que tener una carrera profesional. Sabía que debía continuar mis estudios para poder servir mejor a la comunidad.

 

Durante esos años de estudio y trabajo profesional sentía que tal vez mi llamado no era trabajar o ser una líder en la iglesia. Me sentía triste, pero nunca sola. Decidí alejarme un poco y enfocarme en terminar mis estudios y en mi carrera. Dejé mi posición de líder y me recibí de maestra. En mi corazón siempre estaba el ministerio de la Iglesia. Decidí ayudar un mínimo. Empecé ayudando en la guardería y entonces me di cuenta de que podía hacer más cosas y de que no debía inventar “peros”, como “no tengo tiempo, estoy cansada, salgo tarde, los jóvenes no vienen, no hay suficiente ayuda, no hay dinero para hacer cosas extras con los jóvenes”, etc.

 

Durante todo ese tiempo, incluso durante mi alejamiento, seguía involucrada en los programas internacionales de la Iglesia Episcopal. Asistí a diferentes eventos, en los que pude trabajar con muchos jóvenes de diferentes lugares del país y del mundo, algo que jamás había imaginado, pues nunca había salido de Texas aparte de ir a la tierra de mis padres, El Salvador. En esos eventos oraba, mayormente por las noches, y le pedía a Dios que me ayudara a descubrir mi llamado.

 

Después de varios años de discernimiento sigo estando en una Iglesia que me apoya, en la que puedo expresarme y en la que se me han abierto puertas a oportunidades que me ayudaron a crecer espiritualmente. Ahora estoy trabajando nuevamente con el grupo de jóvenes porque sé que Dios me ha llamado, todavía no sé en qué magnitud, pero sé que me ha llamado a trabajar en Su Iglesia, para Su pueblo. No ha sido fácil ni perfecto, ni soy perfecta, pero sé que todo lo que hago vale la pena.

 

Necesitamos líderes que vengan con el corazón abierto. No buscamos personas perfectas, sino personas que vengan con su armadura, que es Dios, para servir, amar, dirigir y especialmente trabajar.

 

Ven. Tal y como eres. La Iglesia te necesita.

 

Lucy Cabrera Montes nació, se crió y vive en Houston, TX con su esposo, Thanh, y su perrita, Luna. Es una líder activa de la Iglesia Episcopal San Mateo. Se graduó de la Universidad de Houston y es maestra en una escuela primaria. Le encanta comer comida de todo el mundo, caminar y viajar.

 

Pruebe lo siguiente

Cuando esté buscando líderes, búsquelos en todas las partes de la iglesia. La juventud quiere participar y es un recurso para nuestra iglesia. Puede invitarlos a tomar un café, a un retiro de jóvenes adultos, a ver una película, a jugar algún deporte… hay muchas posibilidades. Sea auténtico y siempre genuino con sus palabras y acciones. Sea flexible cuando se comunique con ellos, incluyendo en las redes sociales, grupos en Facebook, textos electrónicos, mensajes por correo electrónico y otras formas breves de comunicación.

 

Recursos

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